martes, 24 de enero de 2017

El cuento de la pastorcilla


Un día de aquellos, en los que te sentabas en la pequeña sillita de madera muy cerquita de mi cama y yo te pedía "otro cuento mamá, venga por fa, otro cuento" y tu hojeabas uno de los libritos de la antigua colección que siempre me leías. 


Deslizaste el dedo hasta detenerlo en el cuento de una pastorcilla que tenía un collar azul, que era mágico.


Me gustó tanto ese cuento que cada día te lo pedía "el de la pastorcilla mamá, ese del collar azul" y tu pacientemente me leías cada día el mismo cuento.


Un día, de los pocos que pudiste ir a recogerme al cole, apareciste con un collar azul precioso de plástico, ¡menudos saltos daba! ¡Ahora podría jugar a ser la pastorcilla del collar azul! 


Tanto me gustó que no me lo quitaba nunca y como suele suceder en estos casos, un día jugando se me rompió. Todas las bolitas salieron saltando y cayeron entre los huecos del alcantarillado del parque. 



Uy que llorera... no había forma de que se me pasara, "te compraré otro" decías, pero yo te decía que otro no sería mágico y tú, no entendías porque... y es que ningún otro podría significar tanto como aquel que me regalaste en la puerta del colegio.


La sorpresa de encontrarte allí, la sorpresa de que además me trajeras el collar, el momento tan especial que significó para mí… todo eso, en aquel momento no lo sabía explicar, pero para mí se resumía en que aquel collar era mágico y no podría tener uno igual, nunca más.


Por eso mamá, cuando giraste la pequeña llave de metal, que siempre estaba colocada en la delicada cerradura de tu armario antiguo, ese que habitaba como una princesa desterrada en nuestro cuarto y sacaste aquel cofre, que jamás había visto... abriéndolo como si me confiaras un secreto y me mostraste tu precioso collar azul, el corazón me latió con fuerza.


 "Te lo presto los sábados por la tarde un ratito, pero tienes que cuidármelo, vale? después lo guardas aquí de nuevo"- apenas acerté a decir que si con la cabeza, mi corazoncito de niña estaba desbocado.


Tenía un tesoro. Yo tenía un tesoro y era nuestro secreto, de ella y mío y de nadie más, no se lo había dejado a nadie, ni a mis hermanas. 


El armario más hermoso de la casa con su pequeña llave de metal, guardaba un secreto, nuestro secreto mamá.











*El cuento "El collar azul" pertenece al tomo 12 de la colección "Miniclásicos" de Ediciones Toray.
Sexta Edición, 1981.



Adaptaciones de Eugenio Sotillos. 
Ilustraciones de María Pascual.


martes, 17 de enero de 2017

Un lugar para Katrin

-Lucía llegas tarde, quédate en el pasillo.

Así día tras día, me enviaba la hermana Lourdes a esperar en el pasillo, diez minutos decía… pero a veces me quedaba la clase entera.

Esto sucedía a las 15:40. En el colegio de monjas por las tardes, se hacía clase de 15:30 a 17:30. En aquella época, cuando tenía siete años, la encargada de llevarme al cole era mi hermana mediana.

Ella llevaba un año en el instituto y hacía un horario distinto. Así que la hora de llevarme al cole, le coincidía con una novela de la que estaba enganchadísima: “Santa Barbara” se llamaba, y la emitían en  Cataluña en el incipiente Canal 33, a esa hora.

Mi hermana mediana, que siempre ha sido un espíritu libre y salvaje. No acataba orden ni horario, así que se negaba a renunciar a su capítulo diario, por mucho que yo le explicara, que después me tenía que pasar la clase de la hermana Lourdes en el pasillo.

-Pues le dices, que es culpa mía y ale.

-Ya se lo digo… pero le da igual.

-Pues mala suerte.

Claro que podría haberla delatado a mi madre, pero si algo teníamos mi hermana y yo, era lealtad absoluta la una con la otra. Ya teníamos bastante con lo chivata que en ocasiones era nuestra hermana mayor.  Y aunque ella se mereciera en más de una ocasión una reprimenda, teníamos al enemigo en casa. Alguien que no se andaba con chiquitas a la hora de regañar y que estaba siempre dispuesto con su mal genio.

No hablo de mi madre, ella siempre fue un amor, pero estaba demasiado ocupada y ausente, con sus múltiples trabajos para que pudiéramos ir a un colegio de pago y para compensar la falta de responsabilidad y de trabajo, de su cónyuge.

Así que me tocó estar muchos días, en aquel pasillo…

Pero un día pasó la profesora de castellano, la hermana Concha.

-Lucía ¿otra vez en el pasillo?

Me puse roja…

-Anda ven, para que estés ahí de pie sin hacer nada…

Me condujo escaleras abajo a la biblioteca del colegio, nunca había estado antes.

-Mira te enseño como funciona esto, de todas formas en el trimestre que viene os íbamos a traer…

En casa nunca nos faltaron libros, a mi madre siempre le encantó leer, ella es soñadora por naturaleza y siempre ha estado muy necesitada de escapar a otras realidades, así que nos inculcó desde muy pequeñas el hábito de la lectura.

Pero entrar allí fue increíble… tantos y tantos libros.

-Eliges uno, me lo traes y yo te hago una ficha, ¿de acuerdo?

Me llevó donde estaban los libros adecuados a mi edad. Mientras mis ojos se deslizaban por todos ellos, vi a una niña que sujetaba unas muñecas. ¡Con lo que me gustaban las muñecas!


Escogí el libro: “Un lugar para katrin"; eso quería yo, un lugar donde sentirme a gusto y en ocasiones, hasta un lugar donde sentirme a salvo.

Comencé a leer…

“Lunar, lunar…” cantaban las niñas, y Katrin, instintivamente, se tocaba la mejilla. No querían jugar con ella porque tenía aquel lunar color chocolate.”

De repente sentí muy fuerte, por lo que podría estar pasando katrin. La soledad que debía estar sintiendo.  Yo no es que no tuviera amigas, pero las pocas que tenía en aquel colegio, eran tan diferentes a mí…

Sus madres casi siempre estaban con ellas en casa, sus padres tenían negocios o puestos importantes en alguna empresa y vivían sin estar agobiados por no llegar a final de mes. Y lo más importante, sus padres parecían personas amables y nunca las vi asustadas, como yo si lo había estado.

Y luego estaba “ella”, la hija de un miembro del A.M.P.A, ojito derecho de las monjas y la típica niña de la que todos quieren ser amigos. Cada vez que me hacían leer en voz alta, pues las monjas apreciaban mi forma de leer, así que me hacían leer en ocasiones en las clases de reflexión o en las misas. Me costaba caro.

Siempre se encargaba de ponerme en evidencia, cada vez que osaba quitarle algún protagonismo. Cosa que sucedía en escasas ocasiones, así que no entendía el porqué de tanta saña. Así que después de haber leído, ella se acercaba con su grupito a preguntarme, si mi madre me podría pagar la próxima excursión y cuando yo le respondía que sí, con cara de pena me decía:

-¿Pero no podrá venir a despedirte, verdad?

-No, ella se va a trabajar a las cinco de la mañana, no le da tiempo.

Así que cogía mi larga trenza, (en aquella época mi madre, siempre me peinaba con una trenza…) y me decía:

-Jolín, pobrecita Luci…

Eso provocaba que en la siguiente excursión, cuando las niñas se agolpaban en los grandes cristales del autocar que nos llevaba, para decir adiós a sus mamás. Sus amigas, vinieran a consolarme…  yo sé que lo hacían de buena fe, pero como me repateaba, que hicieran eso.

No tenía un lunar que me hiciera diferente como a katrin, pero si un secreto muy gordo. Imagina que dirían aquellas niñas, si supieran lo que en ocasiones sucedía en casa.

La hermana Concha me hizo la ficha y me dijo que si quería después, me podía llevar a casa el libro, siempre y cuando lo devolviera en dos semanas.

Podía llevármela a casa… a ella, a esa niña que gracias a su lunar, podía hablar con sus muñecas. A esa niña que se sentía tan sola como yo.

Esa noche dormí abrazada a ese delgado libro, disfruté cada una de sus páginas… cómo los muñecos, comenzaron a explicarle cuentos a katrin, para que esta se los narrara a esas niñas y pudiera ganarse así, su cariño.

Otra cosa que teníamos en común, los cuentos. Mi madre aunque llegara con los parpados derrotados, cada noche dedicaba un ratito antes de dormir, para sentarse en la pequeña silla de madera junto a mi cama de la litera, a leerme un cuento.

Como me tranquilizaban aquellos finales felices…

Así que katrin tenía su lunar y yo mi secreto, ella tenía sus muñecas cuenta cuentos y yo a mi madre y ahora, nos teníamos a nosotras, pues realmente la comencé a visualizar como a una amiga. Miraba la portada del libro y le hablaba… a ella si le podía contar todo, sin omitir nada.

Cuando pasaron las dos semanas, me había leído el libro muchas veces y lloré desconsolada el día que me encaminé a la escuela, con él en la mano para devolverlo.

No quería pedirle a mi madre que me comprara el libro, nunca pedía nada, pues sabía lo difícil que era para ella mantenernos a todos.

-Colócalo tú misma- me dijo la hermana Concha- me tengo que ir a preparar la clase, cierra después la puerta.

Como agradecí ese momento a solas,  le pude decir a katrin lo mucho que sentía dejarla. Me has ayudado mucho, le dije… y entonces la coloqué de tal manera, que siempre estuviera visible para mí, que siempre supiera donde estaba.

Durante años, cuando entraba con la clase a la biblioteca, bien porque faltaba alguna profesora o cuando recibíamos la clase entera, algún castigo. Procuraba sentarme cerca, para verla. Allí estaba todavía, por suerte,  sonriéndome desde la estantería.

-¡Hola katrin! Gracias a ti, comencé a explicarles anécdotas divertidas a las chicas de clase y a hacer voces e imitar personajes… ¡y no sabes lo mucho que me quieren, ahora!

-Katrin, ya tengo diez años…  ha llegado un profe nuevo y me ha metido en un grupo de teatro, ahora todo es diferente, ya no me muero de vergüenza cada vez que me piden que lea en voz alta, lo siguen haciendo… pero ahora lo disfruto.

En muchas ocasiones tuve la tentación de volverlo a pedir, pero una de las veces en que lo hice, la hermana Concha me invitó a coger otros libros.

Aun no entiendo el porqué, de no dejarme repetir libro.  De hecho era un libro para niños a partir de 9 años y hubiera tenido más sentido, que al ser más grande me lo volviera a dejar  leer.

Y ahora de adulta, lo busqué por todas partes… pero no está.

Así que si alguien lo encuentra, sin importar la edad que tenga.

Lo recomiendo.

Pues dentro de sus páginas está, una buena amiga.